Empieza otro año escolar y con el los viajes de autobús. Los viajes de autobus o de transporte público son únicos porque juntan a mucha gente con un destino concreto. Muchas veces me encuentro pensando en a donde se dirigen estas personas y con que fin.
Hoy mientras estaba yendo a la estación para hacer la tarjeta de el bus se ha subido un padre con su niña de unos 3 a 4 años. Yo por el ruido del carrito me he girado y la niña me ha sonreído con la inocencia característica de alguien que disfruta de la vida sin complicaciones.
Entonces le he sacado la lengua y se ha escondido poniendo la cara detrás de las manos por vergüenza mientras se reía. Acto seguido su padre ha sacado un paquete de aspitos del carrito y la niña ha empezado a aplaudir y gritar. Ha cogido uno y mientras lo comía me ha dicho : "¡Que rico!"
No he podido evitar sonreír al ver lo feliz que era con su aspito y sobre todo al pensar en la facilidad que el padre había tenido para sorprenderla. Y si que es obvio que los niños son fáciles de sorprender porque no lo esperan. Pero, ¿Acaso nosotros hemos renunciado a sorprendernos?
Para un niño cada día es una aventura y para nosotros sin embargo no es más que otro día, otra X en el calendario u otra muesca en el revólver.
La cuestión es que finalmente no debe ser tan difícil sorprenderse si una sonrisa de una niña desconocida ha inspirado este texto y me ha sacado una sonrisa. Pero desde luego, requiere de nosotros el esfuerzo de sorprendernos y dejarnos sorprender, dejando por un momento de lado todas esas barreras que nos hemos o han impuesto y disfrutando del momento y de las sensaciones que trae.
